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LA EXTRACCIÓN DE LA PIEDRA DE LA LOCURA

La extracción de la piedra de la locura es una pintura realizada por Ieronimus van Aeken, llamado "El Bosco". Se cree que fue terminada sobre el 1480, y se ubica en la primera etapa del pintor holandés. Pese a tener un estilo muy distinto a sus coetáneos, se clasifica a El Bosco dentro del grupo de primitivos flamencos.

La técnica empleada para la realización de la pintura es óleo sobre tabla, muy común entre los pintores flamencos. Los pigmentos de color se disuelven en un aceite (de ahí el nombre de óleo), pero no se pinta directamente sobre la tabla: necesita una preparación. Se aplica una capa de carbonato de cal y cola: esta mezcla es muy parecida al estuco, pero más fina, ya que no es para un muro.

El proceso de elaboración de un cuadro al óleo presenta muchas facilidades, ya que permite al autor cambiar algunas cosas en días posteriores, mientras se seca el óleo, por tanto se deduce que la elaboración de esta pintura no debió de causar demasiadas dificultades a El Bosco.

El género del cuadro es satírico o burlesco. Se muestra una escena donde un cirujano con un embudo en la cabeza extrae tulipanes de la cabeza de un paciente mientras un monje y una monja observan. La inscripción superior e inferior del cuadro es lo que el paciente le dice al doctor que haga: “Maestro, extráigame la piedra, mi nombre es Lubber Das”. Los personajes no presentan una gran expresividad: el cirujano parece concentrado en la tarea, quizá mostrando una mueca astuta o aprovechada; el paciente, con la boca abierta, parece estar hablando al cirujano (lo que concordaría con la inscripción); el monje parece descontento con el cirujano, al que, creemos, amonesta o contradice ayudándose de la mano; la monja tiene la mirada perdida por encima del punto de atención, quizá en el embudo del cirujano.

Todo está lleno de detalles simbólicos, como el jarrillo del monje, el libro sobre la cabeza de la monja o el zurrón del paciente atravesado por una flecha.

La escena se desarrolla en un paisaje exterior típicamente holandés. El autor da forma circular a la representación, y las esquinas y parte de los márgenes los cubre con un fondo negro sobre el que resalta la inscripción nombrada, repartida entre la parte superior e inferior, rodeada de una ornamentación a la que podríamos llamar vegetal abstracta que nace en las letras. Como hemos dicho, El Bosco dista mucho en estilo de sus coetáneos, pero es en la inscripción donde se podría apreciar que la obra es de época gótica, ya que la caligrafía utilizada es puramente gótica.

El carácter estético general es un naturalismo arcaizante, es decir, escaso o descuidado en detalles, pero muy simbólico y expresivo. Por ejemplo, las telas carecen de la calidad táctil que sí alcanzarían los coetáneos del autor, pero se entiende la forma y dureza del tejido; el metal carece del brillo frío natural, pero seguimos entendiendo que es metal.

La luz es difusa y parece venir de la zona superior izquierda. Es característico en el flamenco que, aunque haya otro foco de luz natural, como en este caso podemos ver en el horizonte, el autor cree su propia luminosidad, eligiendo de dónde viene y distribuyendo las sombras a su conveniencia. Éstas crean algo de volumen en zonas como las telas o el pie de la mesa, pero en general todo es bastante plano. En algunas zonas, la sombra crea una línea de contorno (velo de la monja o malla del paciente), pero en general no se aprecia línea que marque el contorno de las figuras.

Observamos la escena desde un punto algo más elevado que el nivel del suelo. La perspectiva es escasa, y en los objetos que la poseen, errónea: el libro o la mesa serían deformes en un plano tridimensional.

El nudo de la representación se encuentra en los ojos del paciente, que mira directamente al espectador mientras dice algo al cirujano. Los puntos secundarios serían la hendidura de la cabeza hacia la que mira el cirujano y los ojos de los religiosos. También llaman la atención tanto el libro como el embudo de las cabezas, que están en precario equilibro y aportan movimiento a la escena, que de por sí es bastante calmada. Hay escasez de líneas curvas que pudiesen aportar movimiento, y el color más intenso, el rojo, está equilibrado y bien distribuido, así que tampoco aporta mucho movimiento. Contrarresta su calidez el azul del cielo y el verde del paisaje, fríos ambos. El verde también está equilibrado, porque en algunas zonas se torna amarillo, así que no hay grandes acumulaciones de una u otra gama. Además, en el primer plano se aprecia el no-color blanco, y el neutro gris, que armonizan toda la pigmentación.

La pincelada es corta y no demasiado detallista.

La obra es una clara burla a las creencias populares: era muy común durante el medievo creer que la locura la producía una piedra que obstruía el cerebro. El cirujano que está operando parece estar aún más demente que el paciente, ya que lleva un embudo en la cabeza. También puede simbolizar la estupidez de aquellos que dicen ser expertos en algo y, en realidad, no tienen idea de nada. Además, estas personas suelen ser unas estafadoras (el típico charlatán), y esto se aprecia en la bolsa del dinero del paciente atravesada por una flecha.

También hay una dura crítica al clero: el libro sobre la cabeza de la monja podría simbolizar la ignorancia (debería leerlo o portarlo en la mano, no llevarlo sobre la cabeza como si desconociese cuál fuese su uso); el jarrillo del vino en la mano del monje y su postura de gesticular apoyado el codo en la mesa podría sugerir los vicios que también estaban presentes entre los religiosos. Esta crítica podría responder al movimiento prerreformista holandés, que culminaría con el personaje de Erasmo de Rotterdam durante el Renacimiento. El anticlericalismo surgía del mal ejemplo que daban los religiosos, y se proponía una espiritualidad sin mediación de la Iglesia, un intermediario contaminado. Como observamos, este autor es un claro puente entre el medievo más arcaico y sus leyendas, y el siguiente movimiento: el Renacimiento.

Cabe añadir una última e interesante interpretación: la forma circular que da el autor a la escena recuerda a un espejo, lo que podría sugerir que lo que vemos en realidad es nuestro propio reflejo, que no es más que una enorme y banal estupidez.

María Moreno 2º B