lunes

NOLI ME TANGERE


Noli me tangere de
Jerónimo (Vicente Vallejo) Cósida
Museo del Prado

La obra pertenece al Renacimiento Español, siglo XVI. Está realizada sobre tabla con óleo. Es de género religioso y la historia que desarrolla es el momento en que María Magdalena, acudiendo al sepulcro de Jesús, lo encuentra vacío y dos ángeles le explican que ha resucitado. Esta escena aparece representada en la obra en un segundo término, en una cueva donde se aprecia el sepulcro abierto y ambos ángeles. Cuando María Magdalena se encuentra con Jesús, se dirige hacia él; pero éste la detiene diciendo “No me toques” (Noli me tangere). Esa es la escena principal también en el cuadro. Aparece María Magdalena arrodillada, en posición suplicante y la expresión de su rostro, con la mirada hacia arriba, muestra incredulidad y confusión. Sin embargo, Jesús permanece de pie, bendiciendo con una mano y agarrando un rastrillo con la otra. Su rostro denota serenidad.

Estos personajes aparecen ligeramente idealizados, a pesar del realismo en los cuerpos y el paisaje de fondo. Las líneas de recorte permiten remarcar los personajes centrales, apoyadas por la luz difusa que proviene del lado izquierdo de la obra. Además esa luz sirve para representar el volumen en las figuras y la profundidad, por ejemplo, en la cueva.

La perspectiva aérea se evidencia por la utilización de los colores y la luz hacia el fondo del cuadro. Así, la ciudad aparece más oscura y en tonos azulados, mientras que detrás se aprecia una zona montañosa de nuevo más iluminada. Esto crea un juego de luces y colores muy característico en este periodo artístico. Cabe destacar el ligero escorzo realizado en el sepulcro, que sobresale de la cueva.

Respecto de la composición, el centro se sitúa en las figuras más adelantadas, ganando protagonismo Jesús por permanecer de pie y por ser el sujeto que mira María Magdalena. Ella sería un segundo punto muy importante, ya que, a su vez, la mirada de Jesús nos guía a su rostro acompañado por la blancura otorgada por la luz en este. Por lo tanto, se trata de una composición cerrada por las miradas de ambos protagonistas. Otros puntos secundarios en la composición serían los ángeles en la cueva, en especial el que aparece sentado más cerca de la entrada, de nuevo resaltado por los colores y la luz frente a la oscuridad inminente de la cueva. Otros puntos que destacan en menor medida serían el árbol al lado del arco, las cruces en la cima del monte y la ciudad.

El movimiento queda reflejado en Jesús y María Magdalena. En el primer personaje, el movimiento se aprecia en las piernas y el brazo flexionado, realizados con líneas curvas igualmente marcadas en la túnica de éste y en la cabeza girada. María Magdalena presenta movimiento descendente debido al brazo estirado hacia el suelo y la ligera curvatura del cuerpo sobre las rodillas. Otros puntos donde aparece movimiento son el árbol, inclinado ligeramente a la derecha, y los ángeles también realizados con algunas líneas curvas.

Los colores se presentan compensados. Comenzando por las dos figuras de mayor tamaño, ante el azul pálido de la túnica de Jesús, aparece el manto rojizo de María. Los tonos empleados en las pieles son muy claros y luminosos, cercanos a la gama de grises. Hay tonos dorados en las mangas de María y uno de los ángeles; mientras que los demás colores se reducen a neutros en la tierra, verdes en la vegetación, concentrada en la parte delantera de la obra, y los azules más oscuros situados en el fondo, con valor espacial.

La pincelada es detallista, pues el autor acostumbraba a realizar miniaturas y de ahí que destaque en su precisión. Esto se aprecia en la vegetación, los recovecos de la ciudad o los personajes casi diminutos que se dirigen a las tres cruces. Utiliza un canon estilizado.

Estamos, pues, ante un cuadro equilibrado, quedando únicamente resaltados los personajes que conforman el centro de la composición debido a su mayor tamaño, iluminación y su contraste entre gamas cálidas y frías.


La función de toda obra con tema religioso es ser objeto docente y de devoción, aunque en el Renacimiento la primacía de esta función ha quedado más apartada, pues ya se entiende el arte como tal. El tema de la obra fue muy tratado en su época. También lo representaron grandes pintores como Tiziano o Correggio. En comparación con las respectivas obras, se asemeja más a la de Tiziano por la composición y los colores.

La obra separada del contexto no tiene demasiado peso, exceptuando el carácter innovador del autor. Hay que entender el Renacimiento como intención de cambio, recogiendo lo mejor de épocas pasadas. Sólo así podemos otorgar la importancia que se merecen obras como esta, que van más allá de lo estrictamente ortodoxo. Se trata de una innovación técnica y un propósito de alcanzar la perfección en este campo tan amplio que es la pintura.


Julia Cazorla Bermejo 2ºB ++¡